Los videojuegos se enfrentaron al bullying por mi

Los videojuegos se enfrentaron al bullying por mi

Los videojuegos tienen peligros, está claro; por mucho que nos guste no es un medio puro e inocente, sin embargo, a mí me salvó del bullying.

Agarrarse a un clavo ardiendo, así dice el refrán, ¿no? Las personas solemos aferrarnos a los resquicios positivos en cualquier situación, por pequeños que sean, para poder soportar todo lo negativo que nos ocurra. Es habitual que nos obliguemos a nosotros mismos a creer en una mínima posibilidad de éxito ante una mala expectativa. Y esto también puede traducirse a un pequeño refugio de seguridad frente a amenazas constantes en nuestro día a día. Incluso aunque ese refugio sea algo ficticio y las amenazas sean más que tangibles. Pero, si nos hace sentir bien, aunque sea por un rato, es real, ¿verdad? Vale la pena agarrarse a ese clavo ardiendo si mientras lo hacemos estamos bien.

Estas líneas de verborrea reflexiva no son más que una manera de desahogarme ligeramente para poder empezar a escribir este artículo sobre la relación entre el bullying y los videojuegos, obviamente desde mi perspectiva y experiencias personales. Sin embargo, creo que las situaciones que yo he vivido son extrapolables a muchas otras personas. Aunque no sea de manera idéntica, creo que somos muchas las personas que hemos encontrado una válvula de escape en los videojuegos, un refugio.

Y no es difícil imaginar el primer motivo que le da al videojuego ese potencial de evasión de la realidad: un videojuego es otro mundo. Al entrar en un videojuego nos vamos a un mundo que no es el real, y que no se rige por las reglas y limitaciones de este. Esto nos nos permite actuar de manera distinta y, en definitiva, ser distintos. Puede que el cine o la literatura también ofrezcan este tipo de refugios. Sin embargo, la interactividad y la posibilidad de “controlar” los sucesos, dentro de los límites establecidos por cada título, hacen que el videojuego tenga un potencial mucho mayor en este sentido.

Una pantalla encendida en días jodidamente oscuros

En mi experiencia personal, los primeros cuatro años de instituto fueron los más duros y difíciles de llevar de toda mi vida. Esos de sentir que no encajas, que todos a tu alrededor son una amenaza contra la que no puedes luchar. Sencillamente porque no tienes la fuerza suficiente, en la forma que sea. Tanto fue así que esa situación me llevó a repetir en dos ocasiones. Chicos mayores que yo, en edad y físico, que imponían sus burlas y perrerías a los más pequeños y “frikis”. Chicas que se sumaban a ese acoso a modo de espectadoras burlonas, atraídas por la actitud de “machotes alfa” de los acosadores, e incluso los aplaudían. Obviamente, no todos los compañeros y compañeras eran así, y repito, esta sido mi experiencia personal, y cualquier variante es válida según quién esté leyendo esto.

Pero, en definitiva, los efectos del bullying en mi vida fueron mucho más importantes de lo que pensé en un primer momento, su sombra fue mucho más alargada. En aquellos años, cuando por fin acabó, solo pensé que ya había pasado todo, pero los efectos que me dejó fueron tan sutiles como dañinos. Inseguridades que sigo arrastrando hoy, miedo ante cualquier tipo de conflicto personal medianamente grave, síndrome del impostor y algunas cosas más. El bullying retrasó mis estudios varios años, quizá sin esas situaciones hubiera entrado a la universidad mucho antes, o me hubiera atrevido con retos que en su momento me asustaron.

¿Quién sabe cómo todo eso ha condicionado mi vida? Es por eso por lo que me hierve la sangre cada vez que alguien sugiere que deje eso en el pasado, y que no guarde rencor a quién me lo hizo. Porque no son bromas pesadas ni «cosas de niños», es mucho más grave que eso. Lo siento, pero me es imposible perdonar a personas que me causaron tanto daño. Un daño al que pude sobrevivir gracias al refugio de los videojuegos y la fantasía, para bien y para mal. Aunque suene a tópico manido.

Bullying y videojuegos

Era en lo que pensaba cuando no quería estar en esas clases, en llegar a casa, encender la consola y transportarme a otros mundos. En esos mundos tenía la fuerza que no tenía en el instituto, no me asustaba enfrentarme a un zombi o un gigante. Podía perderme por las Tierras Prohibidas de Shadow of the Colossus o internarme en la comisaría de Raccoon City sin sentir el miedo que me daban los cambios de clase o los vestuarios de educación física.

Otras identidades, otras posibilidades

Los protagonistas a los que controlaba no se sentían empequeñecer ante un coloso ni tenían miedo de caerse de una plataforma y fracasar, porque no habría nadie para señalarlos y reírse de ellos. Solo estaba yo observándolos, y yo simplemente pulsaría el botón para intentarlo de nuevo. Leon Kennedy no se achantaba ante una horda de enemigos, Samus Aran se adentraba en planetas lejanos sin importar los peligros… Todos esos mundos encerrados en discos y cartuchos suplieron muchas de las cosas que no me atreví a experimentar durante los primeros años de adolescencia, por puro miedo. Y puedo decir, sin ninguna vergüenza, que me hicieron realmente feliz. Eran la mayor motivación del día: encontrar una nueva armadura en Oblivion, reclutar un nuevo personaje en Final Fantasy Tactics o conseguir los mejores rangos en los mercenarios de Resident Evil 4.

Y más allá de la pantalla había y hay otras experiencias maravillosas derivadas de los videojuegos. Estaban las charlas sobre esos juegos con amigos, con amigos que normalmente sufrían el mismo problema que yo. Y a la larga, aunque no pueda decir que viva de ello, los videojuegos me dieron una motivación profesional que, irónicamente empezó a aportarme más seguridad en mi mismo. Entré en la universidad con la ilusión de vivir del periodismo de videojuegos. A su vez, fue en mi etapa universitaria en la que logré espantar muchos complejos e inseguridades, sentirme a gusto conmigo mismo y hacer muchos nuevos amigos que compartían muchas de mis experiencias y hobbies.

Bullying y videojuegos

La rabia y la frustración no desaparecían, solo se canalizaban

Sin embargo, como ya mencioné, no todo fue maravilloso e inocente en los videojuegos. Y, una vez más, vuelvo a recalcar que hablo de mi experiencia personal. Siento ser tan pensado con esto, pero no quiero que nadie se sienta ofendido o atacado por lo que pueda decir. Últimamente he reflexionado sobre como percibía esas partidas a videojuegos en los días en los que llegaba más afectado por lo ocurrido en el instituto, y llegué a la conclusión de que derivaba mi rabia y frustración a través del mando. Concretamente a través de los enemigos a los que eliminaba. Incluso he llegado a pensar que esa rabia me llevó a superar ciertos niveles en videojuegos que hoy en día se me hacen más difíciles. Y no es coña.

Tal vez cuando machaba enemigos en Devil May Cry, cometía atrocidades con las hordas de God of War o cosía a balazos a los ganados de Resident Evil 4 estuviera pensando en los capullos que me habían humillado en el instituto. Hablo de esto como una posibilidad porque no puedo asegurarlo, pero estoy muy convencido de que era así. Al igual que los matones del instituto, los antagonistas de los juegos hacían cosas que no podía perdonar. Sin embargo, en estos mundos ficticios podía reaccionar. Podía defenderme. Aunque, tristemente, es posible que esa rabia no hable muy bien de mí. Pero, sinceramente, no puedo culparme. Creo que fue mi manera de soportar todo eso cuando no me atrevía a contárselo a nadie.

Probablemente, si no hubiera dejado salir esa rabia a través de un mando o una pistola de pixeles, las cosas hubieran salido mucho peor. Por fortuna, al igual que maduró una saga tan violenta como God of War , también ha cambiado mi forma de aproximarme a los videojuegos. Cada vez son más los títulos que me enamoran y en los que la violencia tiene un peso irrisorio, o incluso ninguno.

Bullying y videojuegos

Pese a todo, fueron una salida, un refugio…

No todo era violencia, y también me sentía bien al actuar de manera “noble” en esos juegos. Haciendo cosas que tampoco me atrevía a hacer en la vida real debido a los mismos miedos. No podía plantar cara a cuatro capullos que se burlaban de otro compañero, pero en los juegos era distinto. Podía salvar gente, conseguir pociones milagrosas o defender una ciudad de los ataques de un dragón.

Quiero recalcar que, aunque para mí fueron un aliado inestimable, los videojuegos NO son un psicólogo. Me gustaría que las personas que al leer esto sientan que han pasado por una situación similar se atrevan a dar el paso que yo no di. Me gustaría que se atrevieran a contárselo a sus amigos y familia, y a recurrir a la ayuda de un profesional si es necesario. Sin embargo, sé que no soy nadie para pedir esa valentía, nadie lo es. Es muy difícil dar ese paso, y mientras reúnes la voluntad para hacerlo, los videojuegos pueden ser un refugio maravilloso.

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